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Poética Femenina

El pintor y escultor Jorge González Velázquez asume la obra como una extensión de la vida. Para él, es impensable mantenerse incólume, petrificado en la creación de obras que reincidan interminablemente en un estilo hasta volverse exangües. La experiencia de vida —en el devenir histórico -, más bien, se trasmina en una obra que transcurre y reverbera. Desde la exploración de diversas técnicas y materiales, hay una búsqueda estética que se conecta íntima y profundamente a las sensaciones, dolores, ausencias o preguntas instauradas por el artista. Pero la construcción de un lenguaje con sus estilos, lleva tiempo y faena. Digamos, que su obra posee los asombros de sus distintas edades. Fruto de un trabajo disciplinado, de momentos históricos determinados y de un talento que ha implicado un proceso de formación y colaboración con artistas que le preceden. De manera directa, ha trabajado con grandes maestros: Juan Soriano, Leonora Carrington, Gunther Gerszo y José Luis Cuevas. Sus sucesivos viajes y exposiciones en diversas ciudades de México, así como en Graz/Viena (Austria), Nueva York (EUA), Budapest (Hungría), Varsovia (Polonia), Alicante (España), Komárno (Eslovaquia), han enriquecido su ethos cultural, su aproximación con las vanguardias artísticas y sus referentes visuales del arte abstracto. Transitar entre diversas culturas, museos, estilos arquitectónicos, modos de vida, le ha arrojado experiencias sedimentadas en su quehacer artístico. Sin quedarse anclado en el presente, hace suya aquella frase de Octavio Paz donde señala que “somos contemporáneos de todos los hombres”. Así como el artista oaxaqueño Rufino Tamayo, a quien admira por sus desafíos estéticos, despliega en sus obras un diálogo fecundo con la tradición y con las civilizaciones precolombinas. En ellas, ha propuesto distintas temáticas y, bajo su propia visión, sus soportes imbrican, integran o reúnen pasado y presente, figuración y abstracción, lo pétreo con lo líquido, lo antiguo con lo contemporáneo.
Las esculturas que presenta fueron expuestas en el Museo Juan Soriano, abriendo con esa exposición la galería a otros escultores mexicanos. Estas esculturas de fibra de vidrio, se han presentado en Polonia, en una serie que denominó “La música en la escultura”. Hay ritmo, sensibilidad pensada en “los nocturnos de Chopin o en la música persistente de Bach” que posee vibraciones, emociones desplegadas en estas espacialidades tridimensionales. Las tres piezas que se presentan, han coexistido en su taller, en San Agustín Etla, con las pinturas que ha realizado precisamente para esta exhibición. Enfrentado a la soledad y los fantasmas, según me dice, ha buscado “hacer un homenaje a la mujer, a la sensualidad, a la energía creativa que siempre dialoga con lo femenino”. Quizá, la temática más insistente o aquella que de manera transversal ha estado presente a lo largo de sus procesos creativos ha sido la fuerza de la presencia femenina. La piensa como referente de origen, sensibilidad y potencia creadora. Como una energía vital, el eros que guía la plasticidad de la vida en algunas obras que aspiran a representar su poética visual. Para Jorge González Velázquez, en la obra plástica no pretende hacer una narración ya que se centra más bien en el objeto, en las composiciones cromáticas que en la tela refulgen, hallando su sentido en los fulgores de lo que acontece en la obra. La pintura para él: “es lo que pasa, la composición que se realiza para que algo ocurra en la tela.” Instalado en Etla desde hace dos años, ha buscado los espacios de luz y color, la vida comunitaria, los talleres de barro y cantera, las coordenadas sensoriales de estas tierras fecundas donde ha encontrado cierta tranquilidad y quietud. Así, nos presenta esta obra que imantada por lo femenino se delinea y, desde su aparente planicie, abre posibilidades de libertad y de plenitud.

 

                                                           Abraham Nahón

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